domingo, 23 de noviembre de 2008

Evaristo y Amelia



El amor de Evaristo y Amelia se podría decir que se fraguó entre fogones y es que los exquisitos platos que le preparaba la una al otro lo dejaron prendado desde el primer día.
Amelia trabajaba por aquel entonces en un modesto restaurante, aunque con un reconocido prestigio en su zona de influencia, pero esto no hizo que creciera como suele suceder en la mayoría de los casos. Jenaro el propietario lo tenía muy claro: “Mejor dar cincuenta comidas bien hechas que cien regulares”, y Amelia, su cocinera jefe, era de la misma opinión. La ayudante de ensaladas no creía lo mismo: “Cuanto más sirvamos más ganará el jefe y por tanto nosotras”. Una y otra vez, Amelia le intentaba explicar que eso no era así, que no era una regla de tres simple, que había muchos factores a tener en cuenta, pero la ensaladera era dura de mollera y no lo acabó de entender nunca, así que semana sí, semana no, seguía con la retahíla, hasta que al final decidió dejar el trabajo, cosa que fue un alivio para todos, al no ver proyecto de futuro, según ella.

Evaristo siempre recordará el día que entró por primera vez al restaurante. Un sutil aroma a pollo con escamarlanes y caracoles conquistó su pituitaria. Lo acompañó con un buen rioja y a la hora del café fue cuando la vio. Amelia había salido de la cocina para tomarse un café en una apartada mesa. No era muy normal que lo hiciera. Algunos creyeron tiempo después que fue una especie de alineación estelar la que hizo posible el encuentro aquel día.
La vio cansada, y quizás un poco desanimada. Fue esto último lo que le hizo levantarse y acercarse a ella:


-Buenas, ¿la puedo acompañar? Mi nombre es Evaristo –y le alargó la mano.
-No creo que haya ningún mal en ello. Me llamo Amelia –estrechándole la suya sin levantarse.
-Gracias. ¿Es a usted…
-Trátame de tú, que no soy tan vieja –y rieron los dos. Era maravillosa su sonrisa.
-Le decía, ostras, perdón, te decía que si eras tú a la persona que tenía que felicitar por tan suculento manjar.
-Exagerado.
-Lo digo de corazón, bueno mejor de boca –y volvieron a reír. La risa de Amelia era agradable, contagiosa y harmoniosa.


Los minutos fueron pasando y la conversación se fue animando. Eran los primeros de una vida que pronto compartirían. No tuvieron reparos en irse a vivir juntos a los quince días de aquel afortunado encuentro, decisión que no acabó de gustar a los padres de Amelia, conservadores como eran, cosa nada extraña aquellos años; la mayoría de los padres de familia tenían el mismo corte que los de Amelia.
Se podría decir que Evaristo y Amelia fueron unos pioneros, que abrieron el camino que más tarde muchos recorrerían; sin estar casados, sin hijos de por medio que los obligara a casarse de penalti, con menos de cinco años de noviazgo o por llamarle de otro modo, relación sin derecho a roce.
En el barrio fue muy comentada la relación, sobre todo durante las primeras semanas, pero tal como vino se fue al ver que el diablo no tenía cola. También ayudó la implicación de Amelia, desde el primer día, en una pequeña asociación vecinal. Allí dio clases de cocina a la mayoría de las mujeres del barrio, la cuales se vieron atraídas por los comentarios que llegaban de su buen hacer en el restaurante.


Amelia siguió trabajando en la cocina del restaurante, aunque Evaristo le sugirió que no tenía necesidad de hacerlo, ya que con su sueldo y lo que le habían dejado sus padres en herencia al morir, tenían más que suficiente para vivir. Pero ella no quiso perder su independencia en ningún momento. Quiso aportar a la casa tanto como él aportaba; siempre quiso que la tratara de igual a igual, no quería ser como las demás, que buscaban un buen marido, dejaban sus trabajos, si los tenían y se dedicaban a traer niños al mundo sin descanso. Ella era diferente, quería ser diferente, sentía que debía serlo para poder realizarse. No tenía ningún sentido ser como las demás, hacer lo que todas, vestir como ellas, hablar de los mismos temas, dejarse controlar por los hombres, o como había sentido decir a algunas: “Hacer creer que nos controlan”.
Las tardes que pasaba en la asociación eran como una película, pues entre magdalenas, churros, sobaos y polvorones, sus compañeras no dejaban de relatar sus historias personales. Ella nunca entró al trapo y eso que se lo reclamaron con insistencia. Ella quería ser diferente. Aquella tertulia era un pequeño precio que debía de pagar por ayudar si no quería faltar al respeto a los compañeras, pues hubiera sido una afrenta no compartir café con ellas al acabar las clases.


La entrada de los dos sueldos hizo que pudieran acumular una buena cantidad de dinero para realizar un pequeño sueño que Amelia había deseado desde jovencita y del que hizo partícipe a Evaristo casi desde el primer día.


-No me habías dicho que te gustaba leer –le dijo aquel día Evaristo al verla leyendo un libro de considerables dimensiones.
-No me lo habías preguntado nunca –y puso un punto de libro y lo cerró para continuar-. Pero lo que más me gusta es recitar, contar, explicar relatos o como muchos le llaman, cuentos.
-¿De verdad?
-Sí, como lo oyes. Desde muy pequeña me dediqué a explicar historias a mis hermanas. Como no teníamos para comprar libros, me dedicaba a ir de un lugar a otro buscando alguno que alguien hubiera tirado –y señaló el que estaba leyendo.
-¿Y encontrabas muchos?
-Sí, encontraba, pero no tantos como yo hubiera querido. Así que, algunos días hacía que leía el libro, pero en realidad me inventaba la historia.
-¿Y nunca te has decidido a escribir esas historias?
-No, que va. Una cosa es inventarse una historia y otra muy distinta es plasmarla en un papel.
-¿Quieres decir?
-Yo lo creo así. Alguna tarde me había sentado en la mesa de la cocina intentando escribir aquello que se me ocurría, pero no tenía paciencia para ello.
-Ahora podrías volverlo a intentar.
-Creo que mi paciencia sigue igual que hace unos años.

Días más tarde, Amelia le explicó su sueño por primera vez a Evaristo:

-¿Sabes lo qué en realidad siempre he querido tener?
-Dime.
-Un café literario.
-¿Y eso da dinero?
-Pues la verdad, no sabría que decirte, pero si que da alegría de espíritu –él levantó las cejas-. ¿A ti no te gustaría ser propietario de un café literario?
-Mujer, no sé. Café más literatura creo que es igual a mancha en un libro.
-Jajajaja –rieron los dos acompasados.
-Mira piénsatelo y ya me dirás algo de aquí a unos meses cuando tengamos algo de ahorro y podamos empezar por alquilar un pequeño local.
-Sí que lo tienes pensado.
-Más que pensado. Ya tengo el lugar escogido y todo. Llevo varios años intentando ahorrar para poder conseguirlo, incluso he hablado con el propietario que ya está mayor y me lo dejaría, vaya, ahora nos lo dejaría por un precio razonable. Llegamos a hablar de comprar, pero yo no quería correr tanto, además de no tener el dinero suficiente para poder realizar la comprar.
-Me lo tienes que enseñar.
-Cuando quieras vamos dando un paseo.
-De acuerdo. Supongo que tendrás un nombre pensado.
-Sí, el Café literario.
-No sé si vende mucho el nombre.
-¿Y por qué ha de vender? Siempre pensando en el dinero –le dijo sin acritud.
-Porque no abrirás un negocio para peder dinero, digo yo –respondió sonriendo.
-Pues, propón tú un nombre –le retó.
-A ver –pensaba Evaristo mientras miraba al techo. –Ya, ya lo tengo: El rincón literario, o El rincón de los libros.
-No sé, me parece que me quedo con el mío.
-No es cuestión de quedarte con el tuyo o con el mío, es cuestión de hablarlo, de pensar más nombres, y sobre todo de no precipitarnos, ya que un nombre marca mucho.

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