viernes, 14 de noviembre de 2008

La sombra


Llegó un día en la vida de Alejandro que temió a su sombra. ¿Qué era aquella extraña mancha en el suelo que le acompañaba? ¿Qué pretendía? ¿Qué buscaba?

Sólo se sentía tranquilo al llegar el mediodía, cuando su perseguidor descansaba, cuando se escondía o quizás buscaba nuevas victimas. Aprovechaba esos momentos para sentarse en un duro banco del parque y ver pasar gente anónima. Todos los días se hacía la misma pregunta: ¿Ellos también son perseguidos por sus sombras? Pensar que era así le satisfacía y le hacía volver con aires renovados a su casa justo antes de que apareciera la maldita sombra.

La sombra consiguió que dejara suculentos trabajos. Pero era más importante su seguridad, su tranquilidad que su sustento. Pensó que, comiendo todos los días un puñado de arroz no gastaría mucho. Eso y sus ahorros le permitirían vivir sin trabajar por los retos. Así que llenó la despensa con quilos y quilos de arroz. De esa manera se ahorraba viajes inoportunos a comprar. Sólo saldría cuando la sombra descansara para poder cumplir con su ritual paseo por el parque.

Los días nublados fueron sus preferidos ya que los pocos minutos que utilizaba normalmente se multiplicaban por cien.

Fue uno de esos días, donde sentado en el banco, un anciano se acercó con sigilo, como salido de la nada, y sin mediar palabra se sentó a su lado.

Alejandro lo miró de reojo intentando no alertarlo. Al cabo de unos minutos, no pudiendo aguantar la curiosidad generada por su obsesión compulsiva y le preguntó:

-¿Le conozco?

-Más de lo que tú quisieras –y se levantó. Justo en ese momento el horizonte se limpió de nubes.

Alejandro tuvo el acto reflejo de cogerle por el brazo, pero su intento fue baldío, ya que donde tendría que estar el brazo sólo había aire. Se asustó y retiró la mano tan rápido como la había alargado.

Miró fijamente al anciano que seguía ante él. Sus miradas se cruzaron. El anciano parecía triste, cansado, desangelado.

-¿De verdad quieres saber quién soy? –le dijo el anciano.

-No sé si ahora quiero saberlo –fue la respuesta de Alejandro que estaba helado de terror al percibir en su mirada unos rasgos que nunca hubiera querido ver.

El cadáver de Alejandro fue encontrado en su casa días después en un avanzado estado de descomposición, y sobre una capa de arroz sin cocer.

La causa de la muerte: perforación del estómago por una ingesta desmesurada de arroz.

Se encontró una nota sobre la mesa del comedor que decía:

“Yo no era el único que sufría. Al mirarle a los ojos supe que ella también tenía ganas de descansar de mí, y que para conseguirlo me haría sufrir.

Tenéis que entender que no estaba dispuesto a pasar por ese trance y más sabiendo que siempre estaría a mí lado, sobre todo en los días nublados.”


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