martes, 29 de diciembre de 2009

La escacharrada

No es la primera vez que publico un relato de algún amigo/a en mi blog; hoy es uno de esos días.
Creo que éste tiene su fuerza en la condensación de las palabras bien elegidas.


La llamábamos la escacharrada. Supongo porque siempre que la veíamos tenía un brazo roto o algún dedo lo que menos.
Era una niña pálida y delgada con cercos oscuros bajo los ojos. Siempre se estaba mordiendo las uñas. Daba igual que estuviera hablando contigo, era incapaz de parar su vicio. Y cuando ya no le quedaban más uñas seguía con la piel. Era una comedora de uñas compulsiva.

El día que la vimos con los dos brazos escayolados hablaba torpemente, estaba muy nerviosa. Seguramente porque no podía morderse las uñas las cuales le habían crecido una barbaridad. Podías observar como sus finas yemas de los dedos jugaban y frotaban las uñas una y otra vez. Es lo único que podía hacer.

De lejos parecía un pobre espantapájaros.






Efeméride: pues esta es mi entrada 100 del blog después de un año y dos meses. Quizás un poco escaso de producción pero cada entrada es una pequeña perla, o así lo considero, que quiero compartir con vosotros.

Gracias por estar ahí detrás.


domingo, 27 de diciembre de 2009

La impaciencia no sirve de nada



El texto que quería compartir hoy con vosotros está extraído del País Semanal del domingo 20 de diciembre, y lleva por título:"La impaciencia no sirve de nada".

Muchas veces nos invade la impaciencia y eso nos crea los llamados "agujeros negros" que hacen que nuestra vida no sea tan plácida. El texto me ha hecho reflexionar muy mucho sobre el tema de la impaciencia.
A modo de ejemplo, publico un relato que se encuentra dentro de la publicación que creo que os puede servir para saber que más podéis encontrar.

Y para los interesados, os dejo el enlace para poder disfrutar del texto completo ya que vale mucho la pena:
La impaciencia no sirve de nada



Cuenta una historia que un hombre paseaba por el campo, aburrido, sin nada qué hacer. De pronto se encontró un capullo de mariposa y decidió llevárselo a casa para distraerse un rato, viendo cómo ésta nacía. Tras veinte minutos observando la crisálida, empezó a notar cómo la mariposa luchaba para poder salir a través de un diminuto orificio.
El hombre estaba realmente excitado. Jamás había visto nacer a una mariposa. Sin embargo, pasaron las horas y allí no ocurrió nada. El cuerpo del insecto era demasiado grande, y el agujero, demasiado pequeño. Impaciente, el hombre decidió echarle una mano. Cogió unas tijeras y, tras hacer un corte lateral en la crisálida, la mariposa pudo salir sin necesidad de hacer ningún esfuerzo más.
Satisfecho de sí mismo, el hombre se quedó mirando a la mariposa, que tenía el cuerpo hinchado y las alas pequeñas, débiles y arrugadas. El hombre se quedó a su lado, esperando que en cualquier momento el cuerpo de la mariposa se contrajera y desinflara, viendo a su vez crecer y desplegar sus alas. Estaba ansioso por verla volar.
Sin embargo, debido a su ignorancia, disfrazada de bondad, aquel hombre impidió que la restricción de la abertura del capullo cumpliera con su función natural: incentivar la lucha y el esfuerzo de la mariposa, de manera que los fluidos de su cuerpo nutrieran sus alas para fortalecerlas lo suficiente antes de salir al mundo y comenzar a volar. Su impaciencia provocó que aquella mariposa muriera antes de convertirse en lo que estaba destinada a ser.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Parmenia

La primera de las fotografías no es de Parmenia; la segunda sí. No he podido encontrar mejores fotografías del lugar. Algo tendré que hacer, ya que es un lugar de que he oido hablar en multiples ocasiones y tengo, quizás, un poco mitificado.
Si queréis, podéis cambiar Parmenia por uno de esos lugares que vosotros tengáis mitificados y al que quisiérais ir.



-Sabes cariño, hoy me ha dado por pensar en el tiempo que hacía que no escribimos ninguno de los dos.
-Pues tienes razón –y los dos miraron al techo para intentar recordar.
-Creo que hace un par de años, ¿no? –dijo ella al cabo de unos segundos.
-Sí, quizás dos años, desde que yo escribí Alicia en el país de las ardillas y tú, Soldados de pastelina –y rieron los dos.
-¿Qué nos ha pasado? Antes no parábamos de escribir –se quejó ella.
-El trabajo, el estrés que se acumula en el día a día, el aprovechar todo el tiempo que tenemos para darnos mimos.
-Quizás tengas razón. Antes también nos dábamos mimos, pero ahora lo necesitamos como el agua que bebemos ya que casi no nos vemos por el puñetero trabajo.
-Sí, pero se tiene que trabajar para poder vivir y para luego poder disfrutar de esos momentos.
-Pero me sabe mal que no escribamos. Tú tienes un gran talento para la escritura –afirmó con seguridad.
-Amor, me tienes sobrevalorado.
-No es cierto. ¿Te enseño las críticas de tus tres novelas?
-No, no hace falta; las recuerdo, como también recuerdo la gran presentación de la tuya y la gran acogida que tuvo entre los lectores.
-¡Bah! Tan sólo era una primera novela.
-No digas tan sólo. Quiérete un poco más.
-Lo digo porque se puede hacer mucho mejor y me gustaría tener tiempo para poder demostrártelo.
-No me tienes que demostrar nada y lo sabes. Creo en ti y en todo lo que haces.
-Sí, lo sé, pero me sabe mal.
Durante unos segundos se hizo el silencio en el salón. Los dos se miraron y él comenzó a sonreír.
-¿Qué? –dijo ella.- Seguro que ya se te ha ocurrido alguna cosa. Te conozco como si te hubiera parido –y rieron de nuevo.
-Pues sí. Tengo una magnífica idea.

Dos semanas después llegaron las esperadas vacaciones de verano y los dos hicieron las maletas y partieron rumbo a Parmenia. Nunca habían estado allí, pero lo habían hablado en multitud de ocasiones.



Al llegar, sus ojos se llenaron de los diferentes tomos de azul del cielo; de los verdes de los frondosos bosques; sus oídos con los cantos de los pájaros, con el harmonioso sonido del discurrir de los ríos, con el maravilloso estruendo de un lejano salto de agua y ya llegada la noche, con el dulce silencio de las montañas.

Al día siguiente, pusieron una mesa frente una de las ventanas, la que tenía mejores vistas y por donde entraba luz casi todo el día.
Dispusieron sus portátiles uno frente al otro, y se miraron tiernamente. Había llegado el momento de escribir de nuevo, pero no podían dejar de mirarse.
Al cabo de unos minutos, él se levantó, la besó y la cogió a peso (ella era un peso pluma para él, aunque tampoco se podría decir que no estuviera fuerte, pero continuemos) Se estiraron en la cama y se hicieron el amor con la mayor de las pausas. Sus cinco sentidos pudieron disfrutar de uno de los mayores placeres que existen.


-Ayer estuvo muy bien, tesoro –dijo ella al levantarse a la mañana siguiente.
-Sí, genial.
-Pero no pudimos escribir.
-No –y puso cara de niño que tiene deseos de galletas.
-No pongas esa cara.
-Te quiero.
-Y yo también te quiero.

Desayunaron en silencio intentando pensar cual podría ser la estrategia a seguir para poder escribir. Su estancia en Parmenia era para un mes y ellos sabían que si se ponía a trabajar al ritmo que hacía unos años estaban acostumbrados, podrían escribir tanto que tan sólo tendría que hacer los retoques finales al volver a su vida normal.
Al final decidieron que uno escribiría en la cocina y el otro en el salón del apartamento que habían alquilado, y que cada hora se levantarían para ir al sofá y besarse como si fuera la primera vez que lo hicieran y así saciar sus ansias de estar el uno junto al otro. Luego retomarían el trabajo y por las tarde dormirían una pequeña siesta después de satisfacerse con un dulce y sabroso postre carnal. Y al levantarse con renovadas fuerzas, volverían a escribir y llegada la noche volverían a comer el dulce postre. Esa era la primera idea que se fue completando con paseos por los verdosos parajes que Parmenia les ofrecía y con largas noches sentados en el pequeño porche disfrutando de una agradable conversación mientras miraban las estrellas y se decían te amo, te quiero, te deseo.

Y así fue como Parmenia ayudó a dos eternos enamorados en la ardua tarea de escribir y es que escribir, aún siendo un gran placer, es también un sacrificio. Ya lo decía un conocido mío: “Es más fácil tener un hijo que acabar una novela.”

Ah, por cierto, la pareja tuvo una preciosa hija aproximadamente nueve meses después. ¿Sabéis que nombre le pusieron?

Parmenia.

martes, 24 de noviembre de 2009

Tus ojos


El 18 de noviembre de 2008 publiqué en este blog un post con el título de "Ojos". Por aquellas cosas de la vida, hace dos días lo releí y me sorprendí de lo que había escrito hace poco más de un año.
Esa sorpresa me ha llevado a reescribir "Ojos" y transformar aquel relato en "Tus ojos".


Son tus ojos donde yo me reflejé para que pudieras sentir que estaba cerca de ti, para que pudiéramos soñar con un mañana mejor, para que pudiéramos compartir los momentos buenos y sobre todo los malos. ¿Qué gracia tendría entonces esas miradas si no lo compartiéramos todo?
Son nuestros ojos testigos de todos los días que llevamos juntos, unidos al principio por un finísimo hilo y que poco a poco se ha ido enmarañando para crear la complicidad de la que ahora disfrutamos.
Son nuestras miradas lo que nos recuerdan que el camino a recorrer no es sencillo, pero también nos hacen ver que desde ese primer momento comprendimos que el uno podía estar junto al otro, sin miedo a cerrar los ojos.

Recuerdo como el otro día no sabía como consolarte. No querías ni siquiera mirarme. Repetías una y otra vez que no sabías lo que te pasaba, que te sentías mal y necesitabas llorar. Mis ojos intentaron encontrar los tuyos, para decirte que no estabas sola, que yo estaba allí, sin prisas, sin que el tiempo corriera, ya que entendí que necesitabas tiempo, espacio, calma, tranquilidad.
También entendí que lo único que podía hacer es seguir buscando con mirada sosegada la tuya cómplice, hasta que las lágrimas que los bañaban se secaran y nos pudiéramos encontrar de nuevo, y consolarnos el uno al otro.
Me senté a tu lado y te cogí la mano, dándote mi calor, mi presencia, para decirte sin palabras que comprendía por lo que estabas pasando y que no me separaría de ti, que no te dejaría sola.

No quiero dejar de mirarte. Amo tus ojos, amo el espejo que me ofrecen y la vida que veo tras ellos, amo las miradas que me dedicas y el amor con que las haces.

A veces quisiéramos cerrar los ojos, incluso ponernos una venda para seguir hacia delante por miedo a ver lo que nos espera. Pero no es fácil cuando se trata del corazón, ya que al cerrarlos sentimos el frío aterrador de la soledad de espíritu. Y al volverlos a abrir nos encontramos de nuevo con esa realidad de la que queríamos escapar, de la que queríamos huir corriendo deprisa, muy deprisa.
Pero yo estaré allí, pues sabes que me cuesta mucho cerrar los ojos y más cuando estás a mi lado.

Una noche soñaste que miles de ojos te observaban y te sentiste juzgada. Sentiste miedo y un gran agobio se apoderó de ti y te dejó sin fuerzas para poder gritar, para poder pedir auxilio. Sentiste que podía ser el fin y te dio miedo de tocarlo. Pero una fina lluvia refresco tu cara, las magulladas del corazón, las heridas del alma. Fue esa lluvia la que te dio fuerzas para levantarte, llegar hasta casa y tocar la puerta.
Te abracé con las ganas del que hace años que sueña con ello y tú me rechazaste. Por suerte comprendí que no era eso lo que necesitabas, sino descansar, cerrar los ojos y soñar con un nuevo mañana acolchada entre un suave oleaje.
Y estuve toda la noche sentado al borde de la cama, cogiéndote la mano, casi sin parpadear, para que pudieras sentir el calor de mi mirada. Tenía miedo a cerrarlos y que tú los abrieras y te sintieras de nuevo sola.

Blancos besos los que te di al salir el sol. Tiernos besos los que soñé durante la noche. Necesitaba decirte que podías contar conmigo, que juntos íbamos a encontrar la isla de la infinita felicidad donde comenzar una nueva historia, una nueva vida. Quería decirte que confiaras en mi, que no tenía miedo a emprender la marcha, fuera al ritmo que fuera, pues mi espíritu peregrino sabe que uno debe amoldarse al ritmo del más lento.

-Sabes –me dijiste aquella mañana-. Eres como una serpiente que me hubiera encontrado en medio del desierto y mirándome con esos ojos que me vuelven loca, me dijeras que a poco menos de cinco minutos existía un oasis, tú oasis –y añadiste tras besarme-. Cuando estoy a tu lado pierdo la voluntad de salir corriendo.

Y continuamos recorriendo el camino, unas veces, las que más, con una dulce sonrisa, otras con cierta tristeza ante los cruces que nos obligan a separarnos para buscar más tarde la senda, volver a estar juntos de nuevo y con ello seguir aprendiendo el uno del otro. Y cuando los pies parecen cansados nos paramos bajo un frondoso árbol para mirarnos y seguir enamorándonos.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Tan cerca y tan lejos a la vez



El móvil ha sonado y he podido sentir tu voz que ha llenado mis pulmones de aire fresco durante unos minutos y ha hecho menguar mi añoranza por no estar a tu lado, por no poder verte, por no poder cogerte de la mano, por no poder besarte, mesarte el pelo, mirarte a los ojos y bañarme en tu labios mientras disfruto de la belleza de tu sonrisa.
Irremediablemente has tenido que colgar. Durante unos segundos mi corazón ha seguido contento porque has aprovechado la oportunidad para decirme: “te quiero”, pero pasados esos segundos, mi gesto ha cambiado de la sonrisa a la tristeza como cuando nos despedimos al dejarte en casa. Unas lágrimas han resbalado por mi corazón y mis pulmones se han llenado de fuego. No me gustan las despedidas y mucho menos si tú eres la protagonista.

Tan cerca y tan lejos a la vez.

No sé que definición darle a lo que siento cuando estoy separado de ti. Es como un desgarro interior con una única cura: tú. Creo que la mejor definición es: amor. ¿Es eso lo que provoca el amor? Y cuantos más días pasan más grande se hace lo que siento y más dura es la espera. Pero no temas. Soy fuerte, muy fuerte y te quiero tanto que cada vez me hago más fuerte, aunque a veces, como hoy, como todos los días que estoy lejos de ti, me flaquean las piernas y busco mil y una forma de hacer que el tiempo pase, que pase, que pase y vuelva a pasar, para poder estar a tu lado de una vez por todas, para siempre y para la eternidad, a tu lado.

Tan cerca y tan lejos a la vez.

Nunca pude pensar que sentir un vacío tan grande en el corazón fuera sinónimo de amor, pero cuanto más lo vivo más cuenta me doy que es así. Y es que cuando estás conmigo provocas que no haya ni un resquicio que pueda ser ocupado por nada ni nadie en mi latiente músculo de vida. Con tu sola mirada haces que se despierte en mí todos los placeres de la vida. Es una sensación tan divina que los mismos dioses tienen que estar celosos de lo que siento.

Tan cerca y tan lejos a la vez.

Quizás más que un vacío es un encogimiento. Siento como el corazón oprime con fuerza mi pecho y lucha por latir como lo hace cuando estoy junto a ti.
Intento imaginar todas aquellas cosas que haremos juntos y eso hace que pueda sosegarme un poco.

¿Ha sido un día bueno?, me has preguntado.
No lo puede ser si tú no estás a mi lado, no ya de pensamiento, que sé que lo estás como yo lo estoy, si no físicamente y sabiendo que cuando toquen las doce no tendrás que salir corriendo sin que tu quieras hacerlo y yo me convierta en calabaza.

martes, 10 de noviembre de 2009

No te detengas, Walt Whitman

Hoy tenía ganas de compartir con vosotros un clásico de la poesía: No te detengas, de Walt Whitman (1819-1892).

Como siempre, espero que lo disfrutéis y lo reeleais, pues creo que vale mucho la pena detener por unos minutos la vorágine de nuestras vidas.


No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas .

jueves, 5 de noviembre de 2009

Nunca llueve eternamente

Me ha llegado por correo este precioso relato que quería compartir con vosotros con la autorización, claro está, de su autora que todavía está pensándose si hacerse un blog o no, y por eso, le he insistido para que pudiera publicarlo en el mío, ya que creo tiene mucha fuerza y no podía caer en el olvido, y así de paso, a ver si se anima a hacérselo.

Los relojes se paran. Llueve una y otra vez. Otra vez. Suenan los Who de fondo y tengo ganas de fumar. Que me envuelva el humo y que tape esta habitación. Estar en otra parte. Quizás contigo. ¿En una aldea?
Llueve y truena. Como mi corazón. Tu móvil está apagado y telefónica se quiere forrar conmigo. Aun así, mi enfermedad/locura por ti es tan grande que sigo intentando llamarte. Y no puedo parar. Como la lluvia.
Estoy triste porque no puedo expresar lo que siento a nadie. Y me siento sola. Aun cuando estoy acompañada. Quiero pasarme la vida cantando en un bar con una cerveza al lado mientras la gente escucha o simplemente se relaja, conmigo, a mi lado. Con los ojos cerrados. Y ahora truena aun más y tu teléfono está apagado o fuera de cobertura. Pero está bien, me gusta hablar más en persona contigo. Puedo esperar. Soy buena con la espera.
Espero mientras llueve y el suelo resbala tanto que podría convertirse en un tobogán que me llevase a ti. Construiría un parque de atracciones si así ahora mismo pudiese hablar contigo. No es una promesa. Si pudiera lo haría.
Espero sin un cigarrillo imaginándome el humo. Como tu juegas con el humo y me dices: "siempre van a los guapos".
Espero al chico de ojos azules. Aunque haya niebla. Aunque no pueda atraparlo. Estoy triste. Pero estoy viva.

"Nunca llueve eternamente" dijo el cuervo.


viernes, 30 de octubre de 2009

Caballos corriendo

Hoy os presento un relato de Sonia Moore que espero haga las delicias de los que se acerquen a leerlo por las dosis justas de ironía y sátira que ha puesto al cocinarlo.


Odio ese reloj de madera. ¿No te parece horrible? Es el típico reloj alargado que tiene tres esferas y una marca las horas, la otra marca los minutos y la otra los segundos. Antes se vendían como churros en el mercado. Sí, ya sé que nosotros también tenemos uno en casa. ¿Por qué la gente pone relojes en la pared del comedor? Bueno, y en la cocina, y en la habitación; todo el día controlados por el reloj. Míralo, que majo el reloj, tic tac, sobre la pared estucada. Ai!, odio los relojes y odio ese estuco de la pared. De hecho, odio los estucos. ¿Que odio todo? Eso no es verdad. ¿Tú crees que todos los que están aquí tienen un reloj como ese en su casa? Ya, ya sé que pienso demasiado en estas cosas, pero qué quieres, me aburro, tengo hambre y se me está durmiendo la mano de aguantar el poema. ¿Por qué no te han encargado a ti escribirlo y leerlo? Sí, no te rías, al menos podrías leerlo tú, ya sabes que a mí me da vergüenza, me suben los colores y me tiemblan los labios. Además, no sé escribir. ¿Que por qué lo hago? ¡Jo!, ¿y qué querías que dijese? Ya sabes que no sé negarme. Me miraron con esas caritas… No, no me estoy quejando otra vez. ¡Cómo no paren de hablar todos a la vez voy a destrozar algún coche de ahí fuera! Perro ladrador poco mordedor, sí, sí, tienes razón.

¿Es que no ven que están esperándonos la cámara y el fotógrafo? Aunque si por mi fuera no se hace y ya está. ¡Ai!, y los vestidos que llevan, tan emperifolladas ellas y tan empiñonados ellos…En fin, aún no sé como cabemos todos en el comedor. ¿no te sientes idiota vestido así? A mí me duelen los ojos de ver tanta mujer maquillada y tanto hombre corbateado. Tengo hambre. ¡¿Y los canapés?! O pasemos ya a la tarta y así nos ahorramos todo lo demás.

Está todo el mundo histérico. No paran de entrar y salir. Dios mío, qué alguien ponga orden. ¿No hay juez en la sala? Ya podrías decirle que se callasen todos y sentaran sus puñeteros culos en el sofá y en las sillas

sábado, 24 de octubre de 2009

Silvania (2)



Las estrellas simulaban focos en el escenario de la vida. Parecía la noche idónea, la elegida para la llegada del Salvador. La función podía comenzar.
Y allí estaba Silvania junto a sus compañeros en aquel claro del bosque que parecía pertenecer a otro mundo a otra realidad y donde se alzaba un pequeño montículo, como si de un islote se tratara.
El Maestro sacó la figura del Salvador de una vieja bolsa, la alzó para que guera bien visible para todos, y la puso sobre un pequeño altar que era eregido para la ocasión entre los vítores de los allí reunidos. Seguidamente se rodeó el altar con un círculo de leña al que prendieron fuego. Todo estaba preparado para iniciar el ritual de salvación, de llamada, de encuentro.
Los tambores comenzaron a sonar a un ritmo endiablado. Saltaban y se retorcían alrededor de la hoguera, mientras el Maestro recitaba los versículos jeroglífico que tan sólo él conocía.
Entre bramidos se fueron quitando las ropas para quedar completamente desnudos sin ningún pudor y siguieron danzando y gritando alrededor de la hoguera. Algunos saltaban por encima de ella para besar la figura y volvían rápidamente a la formación con una sonrisa entre los labios. No tenían miedo al fuego. El agua del Salvador les protegía.
Unos minutos después, el Maestro hizo para el tronar de los tambores. Los seguidores frenaron su éxtasis en seco. Llegaba el momento de la ofrenda. Silvania se había ofrecido en alguna ocasión como ofrenda, pero el Maestro había rechazado su ofrecimiento alegando que era demasiado pronto para ello y que muchos otros tenían que ser ofrecidos antes que ella. En algunas ocasiones habían engañado a un sin techo que a cambio de comida y sobre todo bebida, los acompañaba al ritual sin saber que sería su última noche. Pero en noches como aquella, el Maestro prefería que la ofrenda fuera de mayor calidad para no ofender al Salvador.
Anne había sido la elegida. Silvania no la conocía más allá de lo poco que hubieran podido hablar en las reuniones de grupo, aunque sabía que llevaba bastante tiempo siguiendo al Salvador. Para ella aquella noche era la de su salvación personal, la que conocería al Salvador, en la que podría descansar eternamente.
El Maestro alzó un afilado machete que puso en el cuello de Anne. Recitó unos versos y sin pensarlo dos veces derramó su sangre sobre la figura del Salvador. Se escuchó un lejano aullidote ultratumba. Todos estuvieron atentos a que no fuera una señal. El silencio se podía cortar. No era la primera vez que habían oído aquel aullido desgarrador. Y mientras el cuerpo de Anne dejaba este mundo.
El Maestro elevó de nuevo el machete y gritó que los tambores volvieran a sonar. El ritual debía continuar. La noche estaba cerca. Todos lo presentían.


Silvania volvió a casa como si hubiera asistido a una reunión de punto de cruz. Encontró a Yurislav tumbado, medio dormido, en el sofá del comedor.
-Buenas noches amor –se desperezó Yurislav.
-Buenas noches –le dio un rápido beso en los labios y se dirigió, como hacía cada noche que salía, a la ducha.
Yurislav nunca preguntaba dónde iba o qué hacía, pero eso no quería decir que no tuviera curiosidad, aunque confiaba plenamente en ella y eso hacía que estuviera un poco más tranquilo.
Lo que le preocupaba eran los cambios de humor que había observado en las últimas semanas. Ya no era la mujer alegre que conoció en el taller de poesía. Algo había cambiado.
-¿Te pasa algo? Últimamente te noto distante y tirante conmigo –le preguntó Yurislav dos días atrás.
-No, nada –fue la seca respuesta de ella.
Yurislav no quiso insistir para no tensar aún más la cuerda ya de por sí tensa.

Después de la ducha y de secarse el pelo Silvania se metió en la cama y se quedó profundamente dormida. Yurislav no tuvo tiempo ni de darle el beso de buenas noches.

A media noche comenzó a llover con fuerza lo que despertó a Yurislav. Aprovechó para ir al lavabo.
Se estaba encendiendo un cigarrillo cuando escuchó los gritos de Silvania. Salió corriendo hacia la habitación. La cogió por ambos hombros y entre zarandeos le dijo:
-Amor, amor, despierta amor.
Silvania abrió los ojos.
-¿Qué pasa? ¿Qué haces despierto y cogiéndome de los hombros?
-Has tenido una pesadilla.
-¿Una pesadilla?
-Sí, te has puesto a gritar como una loca.
-No lo recuerdo.
Yurislav la abrazó con cariño meciéndola muy suavemente. Silvania parecía no entender nada.
-¡Eh! Que estoy bien, que no me pasa nada.
-Silvania, estoy preocupado.
-Preocupado, ¿por qué?
-Estoy notando que algo no va bien, y creo que no tiene que ver con nosotros, si no contigo.
-No sé que pajas mentales te estás haciendo, pero yo estoy bien, como siempre.
-Yo no lo creo así.
-Pues no lo creas. Quiero dormir, ¿vale? –rechazando el abrazo de Yurislav y estiró en la cama.
-¿Lo podemos hablar mañana? –insistió Yurislav.
-¿Hablar el qué?
-Lo que está pasando, lo que ha cambiado.
-No está pasando nada, no ha cambiado nada.
-Yo creo que sí, ya te lo he dicho.
-Pues lo hablamos mañana. Ahora métete en la cama y déjame dormir.
Yurilav le dio un beso en la frente y volvió a por su cigarrillo al comedor. No sería el último de aquella noche. Tenía que pensar. Saber lo que debía decirle. Llegar al fondo de la cuestión, pues su preocupación iba en aumento. Quería ayudarla, pero no podía hacerlo si no sabía a que tenía que enfrentarse y sobre todo no quería perderla. ¿O quizás ella tenía razón y eran pajas mentales suyas? No, no lo eran. Los gritos de desespero de aquella noche tenían que tener algún significado.

Silvania no pudo dormir aquella noche. Su sufrimiento tenía que acabar. El Maestro tenía que aceptar su decisión, su sacrificio. No podía seguir soñando con infinitos abismos con espectrales paredes giratorias; con la caída al vacio y de golpe un vertiginoso desplazamiento por mundos huidizos como si se trasladara en la cola de un comenta; y vuelta a caer estaba vez a las profundidades del mar envuelta en un coro de convulsas carcajadas de las antiguas divinidades que parecían rechazarla. Eso le hacía sufrir. Ella tenía que ser una de las elegidas. No quería seguir escuchando aquellas horrendas carcajadas.
No se daba cuenta, pero su conciencia ya no le pertenecía y por ello no podía tener fuerza alguna para contárselo a Yurislav. Debía seguir negando que pasara nada si quería obtener la salvación eterna. Pero lo veía sufrir y le gritaba tras el cristal de su yo sumiso al Salvador.

sábado, 17 de octubre de 2009

Sábados literarios: Ahora no toca, o quizás sí



Sábados literarios es un viaje literario por diferentes blog con un tema en común propuesto por la conductora del simbólico bus donde nos encontraremos todos. La conductora de esta semana es: Ardilla. Sábados literarios

Quizás os preguntaréis que tiene que ver este texto con el tema de la convocatoria: "El lugar donde yo escribo". Creo que le podría buscar algunas, pero la más significativa, y de ahí el texto, es que muchas veces viajo dentro de mi corazón para hilvanar algunas frases que me relajen y me acompañen, como es el caso.

Espero que los disfrutéis.


-¿Qué guapa estás hoy?
-Eso me lo dices cada día.
-¿Y por eso tiene menos valor?
-No sé. Empiezo a pensar que es una costumbre.
-Mira el humo. Lo ves –alzando la mano para señalar la pequeña estela que se dirige hacía la cara de ella.
-Ya. Eso son chorradas. Yo no creo en esas cosas.
-Pues es bien cierto. El humo siempre va para los guapos.
-A ver. Cámbiame el sitio –y se levantan los dos e intercambian sus posiciones.
Esperan unos segundos. Él le da una suave calada al cigarrillo y sonríe cuando ve que, muy poquito a poco, el humo gira para jugar con la cara de ella. Los dos se ríen, se miran a los ojos e intentan contener las ganas que tienen de besarse.
-No me mires así.
-¿Cómo?
-Pues así, como lo estás haciendo ahora.
-Es como siempre te miro.
-Me estás volviendo loca.
Él con su mano derecha, la que tiene libre, empieza a recorrer por encima del banco del parque el pequeño espacio que le separa de la espalda de ella, mientras no la deja de mirar y ella no quiere que lo deje de hacer.
Le toca el hombro, primero con la yema de los dedos con los que dibuja una imaginaria línea hasta llegar a su cuello. Ella suspira y cierra los ojos mientras piensa en lo dulces que son sus labios. Pero ahora no toca, o quizás sí. Se quiere dejar llevar cuando él comienza a posar sus dedos sobre los huesecillos de su columna. Le encanta hacerlo. Sentirlo uno a uno hasta llegar a la parte baja de su espalda. No quiere mirar donde pone los dedos para no perderse más abajo, mucho más abajo. Ahora no toca, o quizás sí.
-Me tengo que ir.
-Lo sé.
-Se me hace tarde.
-Nunca es tarde, contigo, nunca es tarde. Los relojes están parados cuando estoy a tu lado. Incluso las nubes se abren y dejan entrever el brillante sol.
-Estás exagerando.
-Sí, como con el humo –y le señala al cielo que hace unos segundos estaba encapotado y amenazaba lluvia.
-Eres mágico.
-Tú haces que lo sea.
Ella se levanta muy a su pesar. Se coloca bien el abrigo y se cala la bufanda negra.
Ya de pie, se miran durante unos eternos segundos. Él quiere levantarse y besarla. Ella está deseando que lo haga. Pero ahora no toca, o quizás sí.
-Me voy.
-Sí –dice él con la voz un poco más apagada y levantándose muy poco a poco.
Los centímetros que separan sus cuerpos parecen kilómetros. Ahora no toca, o quizás sí, se dicen los dos sin saberlo.
Ella mueve si nariz abriendo y cerrando los cavidades nasales para romper el hielo de la despedida. Los dos se ríen.
-Eso me gusta más –dice ella y comienza a alejarse.
Al cabo de unos segundos se gira y le lanza un beso con la mano. Él le responde de igual forma, aunque su cabeza le dice que salga corriendo tras ella y la bese en sus rosados labios. Pero ahora no toca, o quizás sí.

Y mientras la locura juega con los dos, ella ya ha desaparecido de campo visual. Él se pone triste. Empieza a llover. Un cuervo gazna a lo lejos anunciando la tormenta. Le gustaría ser cuervo para poder volar y estar junto a ella de nuevo. Deberá esperar.
Un nuevo graznido lo despierta de su letargo, de su ausencia. La gente pasa corriendo a su lado. La lluvia cada vez es más fuerte. Le da igual mojarse. Deberá esperar.
El cielo parece romperse. Le da igual. Incluso el cuervo se ha escondido bajo el tejado del campanario, quizás asustado, quizás observando como un triste humano se va mojando, esperando, esperando. Deberá esperar.

Y de repente, la lluvia ceja en su empeño y a lo lejos la vuelve a ver, también mojada de pies a cabezas, con él.
Un sutil nerviosismo le recorre todo el cuerpo cuando la ve acercarse. No se lo puede creer. Se frota los ojos. Ella sigue allí.
-¿Me estabas esperando? –le dice ella a pocos metros de él.
-Sí, llevo una vida esperándote.
-Una vida es mucho.
-No, no es mucho si lo que me queda de ella la paso a tu lado.
Los dos se abrazan. No les importa estar completamente mojados. Él le separa el pelo de la cara y la besa en la frente.
-¿Ahora no toca? –le pregunta él.
-Quizás sí –le contesta ella con una preciosa sonrisa.
Se funden en un largo y apasionado beso.

El cuervo retoma el vuelvo y entre graznido parece decir: “Nunca llueve eternamente”.

viernes, 16 de octubre de 2009

El viaje



Aún recuerdo cuando nos subimos en aquel barco por primera vez. El mar estaba agitado. Estábamos un poco asustados, pero nos cogimos de la mano, nos miramos a los ojos, y pisamos la cubierta con fuerza. Era nuestro viaje, era nuestra decisión.

Al cabo de unas horas, unos delfines saltaban alegres a lado y lado del barco sin miedo a las olas. Fue entonces cuando me dijiste:
-Soy un pequeño pez buceando bajo estrellas caídas.
A lo que respondí en mi tono habitual:
-Y yo una ballena intentando devorarte –y me tire a tu cuello y lo besé.
Nos reímos durante unos segundos y añadiste:
-No, tú no eres una ballena, eres el océano azul oscuro cubriendo mis aletas –y nos abrazamos mirando los delfines jugar. El tiempo parecía haberse detenido. El mar se calmó de repente. El barco era un pequeño paraíso.

Ya por la noche, salimos a disfrutar de la visión, de la luz de las estrellas. El mar continuaba en calma; nosotros estábamos en paz, en armonía con el cielo, rebosantes de amor.
Una estrella fugaz recorrió en diagonal el horizonte. Instintivamente nos miramos, nos besamos muy suavemente y te dije:
-¿Te acuerdas de cómo un angelito me atrapó con sus alas e hizo que cada segundo de mi vida tuviera sentido?
-Sí –respondiste con cara de niña buena y añadiste.- ¿Y tú recuerdas como un diablillo quería apoderarse de todo mi cuerpo?
-Sí –respondí como el que nunca hubiera roto un plato.
Nos volvimos a besar, como si fuera un último beso en medio de aquel maravilloso espectáculo de pequeños focos que iluminaban el escenario de nuestras vidas.

Una de las tarde, mientras dormías, aproveché, inspirado como estaba, para escribir lo que sería un pequeño relato.
Cuando abriste los ojos, te desperezaste y desnuda me abrazaste por la espalda. El calor de tu cuerpo se fundió con el mío provocando un estallido de adrenalina como si fuera la primera vez que nos tocáramos.
Me mordiste la oreja y me susurraste con seguridad:
-Algún día veré alguno de tus escritos publicados –y me volviste a morder la oreja. Tu lengua empezó a recorrer con suavidad el camino hacia mi cuello.
Muy lentamente me giré, te senté sobre mis piernas y acariciándote el pelo y sin dejar de mirarte a los ojos te dije:
-Me basta con que tú los leas.

Fue un viaje precioso donde, sin decirnos te quiero, nos lo decíamos cada segundo que estábamos juntos, al mirarnos, al tocarnos, al besarnos.

viernes, 9 de octubre de 2009

Blue (Triste) [Filthy Sally]



Hoy el post va dedicado a Filthy Sally una cantante que con su guitarra va recorriendo diferentes espacios musicales intentando hacerse un hueco en el mundillo.
Ella misma dice que: "No todo lo importante es visible. Lo importante, realmente importante, es invisible." Y añade: "Filthy Sally suena a lluvia, a trenes de largo recorrido". Os invito a visitar su myspace.
Aquí el enlace

Hoy el relato está basado en la letra, traducida por ella misma, de su canción Blue, que podéi sescuchar en su myspace y pronto en su disco.
Espero que tenga suerte, pues merece mucho la pena. Este es mi granito de arena a su promoción.
Ah, por cierto, toca en Girona, Sala La Mirona, el domingo 11 de octubre a las 22:00.



Triste...oh....Estoy tan triste que solo puedo sentir la pena.
Por el adiós que debemos darnos; por la obligada partida hacía, lo que me han dicho, un mundo mejor.

Llévame... tendida en mi cama de clavos.
Pues eso será cuando se cierre sobre mí, cuando la oscuridad sea total, cuando mis ojos dejen de ver la luz.

Suspira y déjame estar sola
porque yo no sé fingir

Y quiero que recuerdes mi mejor semblante, no uno cubierto por el agua de la tristeza cuando lentamente la miseria me envuelve otra vez.

Estoy jodidamente cansada
tan jodidamente sola
tan jodidamente triste (azul)

Nunca pensé que me pudiera superar el momento con tanta fuerza después de la larga preparación que una vida da.
Morir para renacer.
Tengo miedo, siento miedo, aún sabiendo que cuando vuelva a ver la luz y un espejo se cruce en mi camino no sabré quizás reconocerme, no me sabrás reconocer por mucho que te diga que soy yo.

Lávame....como si fuera una pequeña muñequita
Mata todo aquello que sea sucio, el dolor de mi interior.

Abrázame para que los temblores de mi cuerpo al morir sean más leves, para que el frío mortuorio se convierta en el calor del amor.

Es fácil morir

Y dejarse llevar por el balanceo que el viento provoca en mi, casi dormida, casi muerta, casi perdida.
Mis ojos se comienzan a cegar. Ya no distingo las formas, tan sólo la luz apagada del atardecer que parece anunciar mi adiós.

Pero dame una razón para no hacerlo
Tengo una razón

Cógeme de la mano. Hazme sentir que estás ahí. Dame tu fuerza, tu vigor, tu energía, tu amor y bésame, no me dejes de besar; me hace más fuerte. Me alimento de tu cálido aliento, de la humedad de tus labios.

Bésame, no dejes de hacerlo.

Te veo, te veo de nuevo. Quiero gritar que te veo. No tengo fuerzas.
Estoy jodidamente cansada,
tan jodidamente sola,
tan jodidamente triste
por no poder decírtelo.

Bésame, no dejes de hacerlo.
Pues pronto tendré las fuerzas necesarias para morderte los labios y saborear la sangre de la nueva vida.

Bésame, no dejes de hacerlo.


Os dejo con un video de su canción: Everything will be ok

martes, 6 de octubre de 2009

Silvania (I)



Cuando escuchó por primera vez que existía un continente sumergido en el Índico llamado Lemuria y que allí habitaba el Salvador, no sé lo pudo creer. ¿Cómo podía alguien vivir bajo el mar desde tiempo ancestrales a la espera del momento adecuado para volver a reinar sobre la Tierra?
Lo que Silvania no sabía es que el Salvador no vivía como vulgarmente se podía entender, sino que se alimentaba de los sueños de los vivos y dormitaba en las profundidades de una ciudad ciclópea de enormes bloques de piedra. Por si eso fuera poco, la ciudad estaba llena de gigantescos monolitos tallados sin geometría aparente y cubiertos de jeroglíficos. La mayoría de los entendidos creían que eran unas instrucciones para poder despertar al Salvador; otros tenían la teoría que se trataba de una especie de dogma que debían seguir los iniciados para poder conseguir la, mal llamada, paz en la Tierra, ya que no estaría exenta de sufrimientos y sacrificios. El descontento generalizado de cuatro generaciones de humanos era un germen perfecto para todo tipo de grupos pro-salvación. Los seguidores del Salvador, aún siendo pocos, eran de los más activos. No fallaban a ninguna de las reuniones rituales convencidos que el nuevo inicio estaba cada vez más cerca.
La mayoría llevaban tatuado sobre el corazón un monstruo con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso, cuatro extremidades dotadas de garras, un par de alas y una estrecha espalda. Existían pocos artistas capaces de realizar el tatuaje a la perfección. Silvania también lo llevaba tatuado entre los senos. El trabajo del tatuador había sido excelente. El dolor había merecido la pena. Se sentía liberada por primera vez en su vida desde que su madre murió en manos de un desconocido sin motivo aparente. Eso es lo que decía el informe policial. La traducción de Silvania era: asesinato sin resolver.
A su padre no lo conoció.

Ni siquiera la poesía podía acallar sus gritos de venganza, y es que la paz que buscaba Silvania era sinónimo de muerte. Se podía pasar días enteros con sus noches, tan sólo descansando para beber, escribiendo sin parar, intentando enmudecer sus fantasmas del pasado llenos de ira hacía alguien que no conocía. Algunas veces se sentía absurda por tenerle ira a un desconocido, era como disparar sobre nada, pero esa nada le arrebató a su madre.


Algunos de los jeroglíficos habían podido ser transcritos mediante la escritura automática. Tan sólo podían llegar a ellos las personas llamadas “físicamente hipersensitivas”. El Maestro era uno de ellos.
Silvania había escuchado como el Maestro explicaba, en una de sus primeras reuniones, que había intentado conseguir el supuesto texto completo, pero sólo había obtenido el rito de invocación, el rito de adoración. En cierta forma se sentía un poco decepcionado, no con el Salvador, sino con Él mismo por no ser más sensitivo.
Se había puesto en contacto con otro grupo de adoradores para ver si ellos habían tenido más suerte y entre todos poder tener el texto completo, pero todos tenían la misma transcripción. Eso reforzaba aún más la cohesión de grupo: un mismo rito, un mismo dogma, un único Salvador.
Mientras tanto, seguirían con su ritual a la espera que los astros ocuparan una determinada posición que tan sólo conocían los Maestros. No podían dejar de adorarlo; debían seguir alimentándolo con sus cantos para que su sueño no fuera eterno, para que la esperanza de un nuevo Mundo no se esfumara. El culto secreto estaría allí, esperando el momento. Ellos serían los elegidos.


Silvania y Yurislav se conocieron en un taller de poesía que ella impartía por aquel entonces. A él siempre le había gustado escribir. Tenía la sensación de no hacerlo todo lo bien que se debía, y además, el taller podía ser una buena oportunidad de hacer nuevas amistades, de compartir experiencias, de romper con la rutina. Así que cuando vio el anuncio en el rótulo luminoso que había instalado su peluquero, tomó nota y no se lo pensó dos veces, aunque el peluquero intentara disuadirlo:
-Oye Yuri, que la poesía es cosa de mujeres.
-¿Quieres decir?
-Sí, seguro. No conozco a ningún tío que escriba poesía.
-Ahora me entero que lees algo más que esas revistruchas de tías en porretas que tienes por ahí tiradas.
-No te pases tío.
-Eres tú el que ha dicho que sólo era para mujeres.
-Pues lo siento si te he ofendido.
-Sí, ya, pero lo has dicho.
-Vale, perdona, intentaré ser más prudente.
-Eso espero. Disculpas aceptadas.
El peluquero continuó cortando el pelo ha Yurislav, pero a éste aún le rondaba una pregunta más:
-Y por cierto, pensado lo que piensas, y siendo una peluquería para hombres, ¿cómo pones un anuncio así en tu local?
-El dinero es el dinero –y los dos se rieron, lo que casi le cuesta a Yurislav un trasquilón.


Diez eran los participantes en el taller, pero desde el primer momento la invisibilidad de la química actuó. El segundo día de taller, Silvania y Yurislav, como si lo hubieran planeado de antemano, salieron los últimos. Pasaron gran parte de la noche charlando animadamente en un parque cercano y se pudieron dar cuenta que, a poco que se lo propusieran, podrían tener un futuro como pareja.

viernes, 2 de octubre de 2009

Sábados literarios:Enfrentándose a sus recuerdos



Sábados literarios es un viaje literario por diferentes blog con un tema en común propuesto por la conductora del simbólico bus donde nos encontraremos todos. La conductora de esta semana es: Teresa. Sábados literarios


¿Cuánto hacía que no pisaba aquel suelo? El tiempo se desvaneció, se paró su reloj vital tras cerrar una noche de triste recuerdo la puerta de su casa. Y es que cada rincón, cada escalón, cada mueble le recordaba que ella no estaba, que habían dejado de compartir la vida. ¿Cuánto tiempo estuvo aferrado a su vida después de muerta?
Había sido muy duro despertar y volver a aprender a vivir, a convivir con la soledad en un pequeño ático que alquiló para esconderse, para refugiarse del dolor, para escapar de su presencia invisible que lo torturaba.

Con el paso de los años y la ayuda de una magnífica psicóloga, pudo dar el paso que estaba dando. Volver; a tocar su cama donde tantas veces se abrazaron renovando su amor.
Volver; a encender la chimenea y sentarse en su butacón sin llorar al contemplar el de ella vacío. Tantas habían sido las veladas que pasaron leyéndose el uno al otro con la suave música del crepitar de la madera.
Volver; a comer sobre la mesa del salón y recordar la mil y una historias que allí se explicaron; las decenas de veces que probaron la resistencia de la mesa simulando la escena del “Cartero siempre llama dos veces”, pero sin harina.

Un dulce perfume hizo que subiera a la planta superior, y guiado por su olfato abrió la que fue su mesita de noche. En el primer cajón estaban todas aquellas pastillas que se vio obligada a tomar y que de una forma y otro alargaron su sufrimiento, su agonía, pero al mismo tiempo, le daban esperanzas a él. Después de su muerte, y cuando pudo pensar con lucidez, se sintió culpable de no querer su muerte más prontamente.
En el segundo cajón encontró parte de su ropa interior. No pudo resistir la tentación de coger varias prendas e intentar percibir algún átomo de ella. Todavía creyó que tenían impregnado su perfume; su imaginación y sus sentidos lo traicionaban: era el suavizante que tantos años utilizaron. Pero bendita imagen la que le evocó.
Después de varios minutos abrió el tercer cajón donde no esperaba encontrar las fotografías, enganchadas y clasificadas temporalmente, de una corta, intensa y feliz vida en pareja. Mientras pasaba sus páginas algunas lágrimas cayeron sobre ellas, pero como si su desaparecida mujer lo hubiera previsto, se escurrieron sobre la fina capa de plástico que las protegía.
Una vez las contempló todas, cerró el álbum, se tumbó en la cama que tantos secretos guardaba y se quedó dormido abrazado a sus recuerdos. Ahora podía convivir con ellos. Ya no estaba sólo. Podía volver a vivir aceptado que ella nunca más volvería.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Los sustitutos [Jonathan Mostow]

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¿Qué pasaría en la Tierra si casi todos tuviéramos un sustituto que realizara el 99% de nuestras tareas? Ese es el punto de inicio de la película del director Jonathan Mostow, conocido en España por la tercera parte de Terminator.

¿Lo habeís pensado seriamente alguna vez? Yo creo que sí, aunque en el film la reglas cambian un poco; mientras tu sustituto hace las cosas por ti, tú estás estirado o sentado con una especie de walmans en los ojos, así que, aquello de pensar que mientras te sustituyen en el trabajo tú puedes estar pescando, por poner un ejemplo, no funciona. Todo una lástima para Ronaldinho que se estaba frotando las manos.

La principal motivación a la invención de los sustitutos que nos presentan, en la película, es la de vivir una vida más a tope, bueno, el que la vive es el sustituto y tú a partir de él. Otras de las ventajas que no hacen ver son: la delincuencia baja, aún no he entendido porqué. Yo me imagino haciendo lo que me viniera en ganas sin riesgos, pues no tienen riesgo en un principio, pero se acepta; las enfermedades de transmisión sexual no existen (la bacanal está formada); la gente envejece hasta lo que les aguanta el cuerpo, aunque los demás te ven como a ti te de la gana, ya que puedes conseguir un sustituto a medida (en la película un tipo tiene un sustituto que es una mujer); el cansancio casi no existe, simplemente se tienen que cargar las baterías y mientras eso sucede ti te desperezas de un largo sueño, teniendo la compra encima de la mesa si sabes ordenárselo a tu sustituto. Ah, lo mejor sería enseñarle a cocinar, aunque si te compras una termomix lo tienes solucionado (creo que me han dicho que hace hasta migas, gachas, alimentos, gazpacho, morcilla, chorizos,…)

Tengo que contaros que la sensación al salir del cine fue rara. La gente salía sin hablar, casi sin mirarse, supongo que pensando si habían perdido tiempo y dinero o no. Quizás sospesando que debían decir y que postura tomar ante lo que habían visto.

A ver, no es una gran película, no es de aquellas que harías colas por. Te la puedes ahorrar y verla por la TV, pero lo que a mi me gustó es que me hizo pensar muy mucho. Además, está Bruce Willis (la película no sería la misma si él); vale la pena ver al sustituto de Willis, está más joven que en Luz de luna. El actor está correcto en su papel. Creo que desaprovechado. Los demás actores no destacan en ningún momento, quizás el técnico informático de la policía que le da un contrapunto a todo el desfile de maniquís que nos ofrece el film. También me ha gustado el momento en que tienen que buscar un sustituto en una tienducha y le dicen algo así como que no ve muy bien, o que al principio de costará ser rápido de movimientos y reflejos, pero que mejora con el tiempo. Además, le invita a ver el kit que puede comprar a parte. El final tampoco está mal: la decisión final, ser o no ser, esa es la cuestión.

Bueno, me tengo que ir a cargar las baterías. Noto que los dedos se me entumecen, y es que llevo todo el día de arriba a bajo, mientras el otro está tirado a la bartola en el sofá. El tío me explota. Quiere quedar bien, y como ahora se lleva lo de escribir, y no tiene ni idea, pues ala, a escribir se ha dicho. Suerte que tampoco sabe leer.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Clásicos recomendados

Algunas veces no sabemos que regalar y siempre puede venir bien recordar algunos clásicos, ya que para un clásico el tiempo se ha detenido y no envejece más. Siempre es un buen regalo que hacer.

Estos son algunos de los clásicos que se han ido recomendando en el blog.

Aprovecho para invitarte a mi lista de correo si eres seguidor habitual del blog, y si no lo eres, quizás también te podría interesar

(Recuerda hacer clic sobre los títulos si quieres saber más)













































































































viernes, 25 de septiembre de 2009

Abierto toda la noche de David Trueba


“El hogar es el único local abierto toda la noche”, dijo Ambrose Bierce, escritor americano que desapareció en extrañas circunstancias en la primer cuatro del S.XX y que es el autor del Diccionario del diablo, una de sus obras más famosas.
David Trueba aprovecha la frase del escritor americano para presentarnos una fascinante estampa de familia, donde la comedia, el amor, el drama, el deseo, la soledad, los perdedores, los invisibles, se van entremezclando llenando de vivos matices una gran obra.
Todos y cada uno de los componentes de la familia Belitre tienen algo que contar, algo que aportar al lector que desea seguir leyendo para comprobar que les sucede. Félix es el padre de la familia; Paula la madre; Felisin, Basilio, Nacho, Gaspar, Matías y Lucas son sus seis hijos. Si añadimos al abuelo, la abuela, la sirvienta, el psicólogo, la prostituta, los testigos de Jehová y el narrador, tenemos el cuadro completo. Cada una de las historias tienen miga y de la buena.
La enfermedad de Latimer, desconocida para mí, es uno de los ingredientes de la ensalada que hará que los personajes vivan situaciones cómicas, pero sobre todo dramáticas, y que ponga a la familia contra las cuerdas.
La novela tiene una gran carga amorosa. Todos y cada uno de los personajes están muy faltos de amor. Pasan gran parte del libro intentando encontrarlo, intentando recuperarlo, intentando conocerlo.
Abierto toda la noche fue la primera novela de David Trueba, que hasta el momento tiene tres publicadas: Saber perder (la última y brutal), y Cuatro amigos (que recomiendo a los que quieran recuperar algunas escenas de juventud y romper a reír espontáneamente). No sé cual de la tres es mejor. La tres tienen el estilo inconfundible del escritor, aunque está en concreto no se queda corta ante Saber perder, uno de los libros que más me gustaron en el 2008.
Y que decir del final de la novela. Cuando parece que todo está explicado, cuando parece que las hojas empiezan a caer sin remisión del árbol, el autor inventa un final un poco inesperado, y digo inesperado, porqué el escritor nos deja caer una frase lapidaria dos o tres capítulos antes del final que te hacen intuir que algo más tiene que suceder. “La familia Belitre riendo, ése es el mejor recuerdo que guardo de ellos.”
El otro día al ir a comprarlo, hacía tiempo que tenía pendiente su lectura, el librero me dijo: “Éste es de los buenos, ¿verdad? Los que como él escriben con cuentan gotas, cuando lo hacen lo bordan.” Y que razón tiene. Por una parte pienso que es una lástima que no podamos disfrutar de más novelas de David Trueba, pero por la otra pienso que si todas las que escriba son como las que ha hecho, vale la pena esperar, pero que no sea mucho.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Necesito unas gafas nuevas

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Necesito unas gafas nuevas para poder ver el Camino de mi vida con una nueva luz.

Necesito unas gafas nuevas para poder ver las miradas de amor de los demás hacía mi persona.

Necesito unas gafas nuevas para poder ver el renacer del optimismo; para poder ver todo lo bueno que hay en el mundo y no sólo fijarme en lo negativo.

Necesito unas gafas nuevas para poder volver a tener aquella mirada infantil que descubría el mundo; para volver a disfrutar con las cosas pequeñas que me suceden cada día; para aceptar mejor la críticas que me hacen los que me rodean; para comprender a los adolescentes cuando refunfuñan por cualquier cosa y a los mayores cuando, con la mirada perdida, me explican una y otra vez las mismas historias viviéndolas como la primera.

-¿Y cuánto valen esas gafas? –le preguntó al oftalmólogo que no salía de su asombro y no sabía dónde esconderse.

-Uf, tendré que llamar a la central. El catálogo que tenemos es del año pasado y creo que justo ahora publicarán el nuevo con todas las novedades.

-¿Y si las tuvieran? ¿Tardarán mucho en llegar? –insistió el cliente mientras frotaba sus viejas gafas con una delicado paño.

El oftalmólogo fijo su mirada en los ojos de su cliente y le dijo:

-Quizás días, quizás meses, quizás años. Todo depende de usted y de la postura que escojas al salir por la puerta de la óptica.

domingo, 13 de septiembre de 2009

"Déjame entrar", Tomas Alfredson y John Ajvide Lindqvist



Así acababa Andreu Romero un post hace unos días ( Aquí el post):

“Y como obra maestra sobre vampiros, la película "Déjame entrar", auténtico ejemplo de que menos es más.”

Y claro, me decidí a visualizar la película desde mi butaca con todas las expectativas puestas en ella.

Para empezar quiero declarar que el tema vampírico no es de los que más placer me cree al leerlo o verlo; quede dicho de antemano. Supongo que Anne Rice no actuó de igual forma sobre mí que sobre una gran parte de los mortales, pero siguiendo con las confesiones, tengo un grato recuerdo de Entrevista con el vampiro.
Y por qué quería matizar este punto, pues porque Déjame entrar no es una película de las típicas y tópicas de vampiros con un despliegue de efectos especiales, con entornos superficiales, con personajes invisibles de alma, sangre y colmillos. Si eso es lo que buscáis en Déjame entrar, os recomiendo no verla.

Déjame entrar tiene el guión de John Ajvide Lindqvist (basado en su propia novela “Déjame entrar”) y dirección del sueco La soledad acompaña a los personajes de la película, esa soledad que ahoga en muchos momentos o que lleva a matar en muchos otros por seguir en compañía de los seres queridos.

Desde el mismo inicio sabemos que nos encontramos ante una película con sentimiento; el silencio del inicio mientras cae la nieve lo encuentro genial; nieve que no desaparecerá durante toda la película y que reafirma aún más la soledad de los personajes.

Un niño de padres separados, asediado por sus compañeros de clase, se ve reflejado en la ventana de su piso entrenándose con un cuchillo en la mano para una posible defensa que no tiene fuerzas para ejecutar. Con una madre que parece más preocupada por lo que dan en la televisión que por las preocupaciones de su hijo. Y con una curiosa afición por parte del niño: coleccionar recortes de periódico de personas asesinadas. Tiene que buscar la fuerza donde no la hay.



Una niña que llega aquella misma noche al barrio acompañada por su padre y que no va nunca a la escuela. Que aparece en escena sin hacer ruido y que las primeras palabras que le dice al niño son: “No podemos ser amigos”.



Una complicidad que va creciendo a medida que pasa la película sin que ninguno de los dos le pida al otro nada a cambio, simplemente el sentirse acompañados.

Déjame entrar, un título cargado de metáfora sentimental, de amor, de compromiso, y que el director nos presenta en dos buenas escenas, sobre todo la primera con el padre de la niña.

Alguna escena más que quisiera destacar (sin dar demasiadas pistas para que las podáis disfrutar):

-La de los gatos (sabréis a que me refiero). Que juguetones los mininos.
-Niño arañado la pared, primer sentimiento de afecto en mucho tiempo para él.
-La última de la piscina que nos tiene con el corazón en la boca.
-El primer encuentro de los niños.
-La escena del patinaje porque casi aplaudo (que no lo haría nunca en un cine, pero en mi casa no molestaría a nadie). Supongo que por vivir la escena más de una vez, sea en la vida real o con demasiada asiduidad en los televisores.

Bueno y no os quiero cansar más, aunque alguna cosa mala tiene que tener, ¿no? Quizás un poco lenta en algunos momentos, aunque entiendo que el director nos quiere hacer sentir la soledad y el agobio de los personajes, incluso los que se sienten acompañados en el bar tomando cervezas y que en definitiva son los que más solos están.

Película recomendada por mi parte.

viernes, 11 de septiembre de 2009

La llamada de Cthulhu (H.P.Lovecraft)



La llamada de Cthulhu es uno de los relatos más conocidos de H.P.Lovecraft, y es el único donde aparece Cthulhu explícitamente, de ahí su importancia en el mundo de los relatos de terror, ya que será el padre de lo que se denominará Mitos de Cthulhu. Los Mitos estaban compuestos de una serie de relatos escritos por discípulos de Lovecraft, también conocidos como Círculo de Lovecraft –tengo pendiente leer algunos de esos relatos para ver que historias inventan a raíz del relato primogénito –supongo que os hablaré de ellas en el blog.

Yo creo que una de las grandezas de Lovecraft es que describe un mundo, unos sueños, unas imágenes, pero no del todo completas, y es el lector el que tiene que acabar de componerlas. En ese ejercicio por juntar las piezas o por ver mejor el cuadro reside el éxito de su escritura, ya que nos introducimos de lleno en su mundo de tensión, de psicosis, de caos, de terror.

Hoy os quiero hablar de La llamada de Cthulhu, pero hace años tuve la oportunidad de leer su novela más conocida “Las montañas de la locura” que desde ya os quiero recomendar para entrar de lleno, si queréis, en el mundo Lovecraft.

¿Qué podemos encontrar en las poco más de 20 páginas que tiene el relato? Pues principalmente dos tiempos divididos en tres capítulos.
El primero donde la voz de la historia recibe la herencia de un tío abuelo. Allí encuentra una extraña figura, un bajorrelieve de arcilla junto a unas notas y unos recortes de periódico. A partir de ahí empieza una investigación que le llevará a la segunda parte, donde gracias a un diario de un marinero podrá conocer lo que se esconde detrás de unas curiosas coincidencias.
Y no quiero explicar más de la historia para no desvelar nada que no deba ser desvelado.

Lo que sí quiera decir, que me ha parecido genial el primer capítulo, la forma que tiene Lovecraft de comenzar el relato para enganchar al lector desde las primeras frases:

“Lo más piadoso del mundo, creo, es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinitud, y no estamos hechos para emprender largos viajes.”

Creo que Lovecraft es de los pocos autores que pueden conseguir ponerme nervioso, no digo asustado, pero si con una cierta tensión. Lo consiguió la novela que antes he citado, y lo consigue con este relato.
Con una suavidad exquisita al escribir, nos va desgranando lo que luego se convertiría en el germen de los Mitos, en el germen de un juego de rol, en el germen de una ingente cantidad de seguidores por todo el planeta.



No sé si Lovecraft tuvo en vida el éxito que tiene en nuestros días, pero creo que es de obligada lectura para todos aquellos que quieran enriquecer su vocabulario, sobre todo el oscuro.

Curioso también me ha parecido que los artistas y remarca, los poetas, sean los más afectados por la alienación mental y crisis de demencia que provoca Cthulhu en los humanos. Se apoya en el hecho de que existen personas hipersensitivas, las cuales pueden captar las imágenes del inframundo subterráneo donde descansa la bestia Cthulhu.

“Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,
Y con los evos extraños aun la muerte puede morir.”


“En su morada de R'lyeh, Cthulhu muerto aguarda soñando.”

Os dejo un enlace para que os podáis descargar el texto: Aquí

No cerréis los ojos.