viernes, 13 de abril de 2012

El café de la luna de María Dolores García Pastor


Cuando tuve entre mis manos El café de la Luna supe que no me iba a defraudar. Amante como soy de las novelas de personajes, de las historias bien contadas, de lo cotidiano, de lo personal, sabía que entre las páginas de El café de la Luna encontraría todos esos ingredientes. Y así ha sido.
Además, el formato de novela corta, ya lo he comentado en otras ocasiones, siempre me ha gustado por aquello de la intensidad y del dejar ese buen gusto a café y tener ganas de pedir uno más.

María Dolores García Pastor ha sabido transmitir desde sus primeras páginas, y con una muy buena estructura argumental, que El Café de la Luna es mucho más que un sitio de encuentro. Podríamos decir que es un lugar onírico con vida propia y donde los personajes que lo habitan dejan en él un pedacito de ellos mismos sin pedir nada a cambiar. El Café se irá haciendo más grande de corazón a medida que sus personajes van desfilando. Además, será el mismo Café el que los recompensará haciendo que la cadena sea cada vez mayor.
María Dolores nos hace ver que un simple abrazo, que una frase dicha a tiempo, que una calida mirada o el préstamo de un libro, algunas veces tiene más valor que todo el dinero del mundo, pues esos son los réditos que El Café dejará a sus parroquianos.

Está claro que la elección de los personajes ha sido crucial para que la novela fluya. Debían de ser creíbles, actuales, duros y amables a la par, vividos, con vivencias que contar, un poco desesperados, solitarios, y sobre todo con un gran corazón. En El Café de la Luna los podemos encontrar y lo que es mejor, para los que algunas vez hemos paseado por las calles de Barcelona, incluso los podemos reconocer. La misma autora reconoce que los ha construido basándose en personajes reales, un pedacito de uno y un pedacito de otro. Pues tengo que decirle que el montaje le ha salido de diez.

Cada vez me gustan más las novelas donde los capítulos podrían considerarse como un relato en si y que podrían funcionar como tal, para luego hacer saltar los personajes de unos relatos a otros construyendo una red de sensaciones y consiguiendo un todo. El Café de la Luna funciona así. Pero atención, los capítulos pueden funcionar como relatos independiente, pero no entenderemos el verdadero significado de la novela si no leemos su conjunto. Como seguro que os habéis imaginado, El Café es el epicentro de todas las historias, el punto de unión de todas ellas, pero también encontraréis otros puntos de unión la mar de interesantes entre los personajes fuera de El Café.

Otro de los puntos a destacar de la novela es la dificultad de enamorarse de uno de sus personajes en concreto. Casi siempre tenemos tendencia a fijarnos en unos más que en otros, pero aquí me ha sido imposible ya que cada uno aporta un poquito a la historia. Ese Café, ese imán, es el que lo provoca con su acción atrayente. Es como un pulpo donde cada uno de sus tentáculos representaría a unos de los personajes, y no podríamos ver al pulpo sin uno de ellos.

En definitiva, El Café de la Luna es de aquella novela que decides leer para calmar tu espíritu, sin más pretensiones que respirar los efluvios de ese maravillo y onírico lugar, de sentarte en una de sus sillas y ver desfilar a un puñado de buenos personajes, y sobre todo, es una novela íntima, cercana, actual, conmovedora y como mucho plenilunio.
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