jueves, 10 de mayo de 2012

Diablos de polvo de Roger Smith


Hace unas semanas me llegó un email donde se me invitaba a una lectura compartida de una novela de un autor desconocido para mí. Me enviaron las primeras veinte páginas para ver si me gustaba o no el inicio y la verdad, tuve mis dudas. Tenía un poco de reparo a la hora de enfrentarme a una novela negra ambientada en Sudáfrica. No me preguntéis porqué, quizás me sentía descolocado. Además, en aquellas primeras páginas la sangre salpicaba a borbotones, la acción era trepidante, casi mareante, cosa difícil de aguantar. ¿Sería un bombón envenenado?
Al final decidí, más por quién me había invitado que por otra cosa, que debía probar. Tampoco había participado en ninguna lectura conjunta y tenía ganas de probarlo. Al final fuimos nueve los bloggeros que a 1 de mayo iniciamos, conjuntamente, la lectura de Diablos de polvo de Roger Smith, bajo el hashtag #LecturaDiablos,  y os he de decir que la experiencia ha sido muy enriquecedora, por la gente que he conocido, pero sobre todo por su visión de la novela. Parece mentira que nueve personas lean los mismo, en el mismo momento y puedan encontrar frases tan dispares que les llamen la intención.
Perdonad. Quizás me he alargado un poco en la introducción, pero creo que merecía la pena hacer el apunte.

La novela está situada en la Sudáfrica post-Mandela. El país ha pasado de ser un espejo para el mundo a convertirse en un país donde los gobernantes cada vez más egoístas y corruptos quieren enriquecerse sin miramientos. El apartheid ha terminado, pero una nueva epidemia asola.
Roger Smith crea, bajo el marco de la novela negra, un grito acusatorio y reprobatorio hacia esas nuevas epidemias: crímenes violentos, pobreza, SIDA, tradiciones ancestrales que no dejan avanzar,… Creo que esa última epidemia es la que me ha calado más hondo. Ver como en los tiempo que corren algunos creen que teniendo relaciones con una virgen se puede curar el SIDA; o que quién tiene acceso a la propaganda para informar sobre el SIDA es maltratado; o la pasividad de los gobiernos que dan todo el poder a los señores de la guerra desentendiéndose de lo que acontece y de los que se habla tan poco.
Roger Smith, como sudafricano que es, consigue con Diablos de polvo, acercarnos un poco más a esa realidad, abrirnos los ojos ante ella y decirnos que, por mucho Mundial de fútbol que se haya celebrado, las cosas están mal, muy mal en Sudáfrica.

He encontrado fascinante la mezcla, el choque de culturas que Roger nos describe y como, de casi la nada, se crean unos odios que perduran en el tiempo generando cadenas de venganzas casi infinitas.
Veremos parte de ese conflicto a través de los ojos de Sunday, una adolescente zulú que quiere romper esas cadenas, pero a la que está atada fuertemente casi sin saberlo.
Otra de las miradas que utiliza el escritor es la de Dell, un hombre bien venido a menos y con una carga importante de su pasado y de su presente, que tendrá que dejar su tranquila vida para enfrentarse a sus peores sueños, prefiriendo, en algunos momentos, la muerte antes que el sufrimiento de la vida.
La mirada que no enojará será la del despiadado Inja, señor de la guerra y zulu, que nos podrá los pelos de punta con sus actos. ¿Cómo se puede tener tan pocos escrúpulos? Cuesta pensar que exista gente así, pero Roger Smith lo hace creíble y estoy convencido que existir, existen (por desgracia).
Y existen otras miradas, quizás más tímidas, pero imprescindibles para completar el cuadro, dándole cada una de ellas su pequeño matiz. La construcción de los personajes está muy lograda y cada uno de ellos absorbente a su manera: amor, odio, rencor.

Diablos de polvo es una novela de pura acción, con un ritmo brutal desde su inicio hasta su final; donde la violencia está a la orden del día; donde lo cotidiano es la violación, el asesinato, la mutilación; donde la mayoría de personajes se verán contra la espada y la pared, teniendo que tomar decisiones rápidas y quizás sin retorno; repleto de metáforas e imágenes difíciles de digerir; plagada de olores, en la mayoría de los casos de podredumbre; con un lenguaje llano, directo, sin descanso para el lector.
En definitiva, una novela dura, escalofriante, pero a la vez adictita y, por suerte, con algunos momentos para el humor.
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