martes, 25 de marzo de 2014

Lobos que reclaman la noche de Juan Carlos Márquez y Agurtxane Concellón

 SINOPSIS
Un viejo proverbio noruego asegura que cuando estás solo contigo mismo no puedes mentir. Hubo un tiempo en que los hombres estaban obligados a competir en audacia y resistencia con los demás depredadores y la naturaleza. Para vencer tuvieron que recurrir al amor, a la mentira, y a los perros. 

Bienvenidos a Roros. 










Existen editoriales que no tienen miedo de publicar aquello en lo que creen, tengan más público o menos público detrás; editoriales donde prima la calidad por encima de la cantidad; editoriales que creen en sus escritores, en sus ilustradores; editoriales que no dejan de sorprendernos arriesgando su patrimonio para abrir caminos dentro de la literatura.
Creo que Tropo Editores es una de esas editoriales como lo demuestra cada una de sus propuestas, pero en especial su colección Ilustrada de la que ya os hablé con Polvo en el neón y que ahora vuelve a reafirmarse con Lobos que reclaman la noche, escrita por Juan Carlos Márquez y con fotografías de Agurtxane Concellón.

Quizás no os suena así de primeras el nombre de Juan Carlos Márquez, pero si os digo que escribió Tangram con la que obtuvo el reconocimiento de los lectores, quizás entonces sí que os suene.
Y de Agurtxane decir que fue finalista de los premios Sony World Photography Awards 2013, los Óscar de la fotografía y que ha aprovechado que conoce bien el terreno, Noruega, pues vive actualmente allí, para regalarnos unas magníficas fotografías a las que Juan Carlos les ha puesto voz; una combinación muy compensada a mi entender.

«El viento frío es un cuchillo rasgando una tela. Porque el frío es audible. El frío es un murmullo hiriente.»

Ya os he dado alguna pista cuando os he hablado de Noruega. Ahora os doy un consejo: no os asustéis por la nieve de todas las imágenes, pues Agurtxane hace un magnífico trabajo al mostrar lo cálido del frío con unas fotografías próximas, expresivas, donde casi no hace explicar nada y con una buena combinación de primeros planos de caras que nos hablan, con planos generales donde se desarrollan acciones y en las que apreciaréis ese viento, ese frío que rasga, que corta. Pero en lo que me gustaría que os fijarais es en los ojos de los fotografiados; ojos con miradas perdidas, como buscando algo, pensativos, y es ahí donde entra en juego la historia que Juan Carlos nos contará.

«Un muchacho es como un oso que ha de despertar cada día de la hibernación. La adolescencia es su cueva.»

Las voz de Juan Carlos es melancólica, como no podía ser de otra forma con dichas fotografías y en dicho paraje. Un voz que busca redimirse, una voz que alerta a los lobos que suben a las montañas para aullar y reclamar aquello que es suyo. ¿Pero es suyo realmente? Juan Carlos jugará con esa ambigüedad durante todo el relato mientras seguimos escuchando los lobos aullar a la noche. Dejarme decir ahora que el título me ha parecido una genialidad, así como la portada. ¿Aquí no le entran ganas de coger el libro entre sus manos?

Un relato cargado de tradición, un relato cargado de bautismo, y por qué no decirlo, de amor, por las personas, pero sobre todo por los animales, pues allí en las gélidas estampas noruegas el perro se iguala con el hombre, el hombre con el perro, el uno sin el otro no son nada, se necesita la unión, y Juan Carlos también nos la hace ver.

Un libro que se tiene que leer a poquitos para poder degustar tanto el texto como la imagen, pues las dos, al igual que el perro y el hombre, forman uno para explicar una historia.
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